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Vía http://www.laautenticadefensa.net - Edición del 05/dic/2018





Gonzalo Augusto Firpo

Cuenta Jorge Luis Borges que, habiendo perdido su vista por completo, se encontraba en el banco de una plaza disfrutando el aire fresco del atardecer cuando una persona se acomodó a su lado y comenzó a hablarle. La conversación con aquel desconocido, que le resultaba particularmente familiar, fue amena, variada y entretenida; tanto, que en un momento, sintió que esa persona era él mismo aunque más joven, mucho más joven. Justo cuando iba a indagar un poco más, el desconocido/conocido lo saludó febrilmente y se retiró sin más. La sensación que sostuvo al quedarse solo fue extraña e intensa, como que se trataba de sí mismo pero con unos cuarenta años menos.

"Sin lugar a dudas era yo".- se dijo mientras esperaba a la mujer que lo cuidaba entonces.

El multifacético y reconocido artista Alejandro Dolina cuenta que cruzando una plaza del barrio de Floresta, vió parado junto a un árbol a un muchacho de unos 20 años que era idéntico a él a esa misma edad. Dice también que lo miró hasta el hartazgo y que subyugado por el parecido y por la duda, lo increpó:

_ No sé si sos yo cuando era joven, aunque sos igual a mí cuando tenía veinte años… de verdad te digo que sos igual a mí… en fin… lo único que te voy a decir es que si sos yo… dentro de dos años te vas cruzar con una tal Laura que te va a volar la cabeza… Haceme caso, un buen consejo: ¡NO TE ENAMORES DE ELLA PORQUE LA VAS A PASAR MUY MAL! -le dijo y se marchó. -Al tiempo que se decía a sí mismo-. ¡Era yo! ¡Ese imberbe era yo!

Estando yo en mi motocicleta a una cuadra del hostel donde me debía hospedar en la ciudad de Colonia, Uruguay, vi pasar frente a mí a un motociclista con la misma nave e indumentaria que yo, diría que hasta el mismo equipaje, ya que los dos llevábamos amarrados idénticos bolsos de color rojo. El mismo casco negro también. Nos saludamos. (Los motociclistas nos saludamos siempre aunque no nos conozcamos. ¡Es ley!) Lo raro comenzó cuando ingresé al hospedaje propiamente dicho. El joven conserje me saludó como si me conociese, a pesar de que era esa mi primera vez allí y también en aquella ciudad y país.

_ ¿Te arrepentiste? - me dijo y continuó. - Hacés bien en quedarte unos días más, hay mucho por conocer en mi bella ciudad.

Yo miré para atrás buscando la persona a la que se dirigía pero no había nadie más allí. El tipo continúo inmutable:

_ ¡Papá! - le dijo a un hombre mayor que estaba en la cocina- Acompañalo a Gonzalo y dale la misma habitación.

Quedé pálido, descompuesto y desfigurado ya que todavía no le había dado mis datos personales y ni siquiera me los pidió. ¿¡Y qué era eso de "la misma habitación"!? Sin poder resistirme, ni poder objetar nada, seguí al viejo como un estólido idiota. El buen hombre también me trató como si me conociera y me guío hasta la habitación número 7. Al quedar solo en la puerta, juro que vacilé unos segundos antes de entrar. Nada de todo eso era normal. Algo "raro" estaba sucediendo y no podía saber de qué se trataba. Me conminé a ingresar con mucho recelo al tiempo que la imagen del motociclista del exterior volvió a mi cabeza. Pude recordar que al pasar frente a mí, llevaba los mismos lentes y los mismos guantes amarillos de vaqueta que yo suelo utilizar. Lo recordaba claramente porque ambos levantamos las manos derechas para el saludo mutuo. Fue entonces cuando se urdió la inverosímil trama: ¡Era yo! ¡Ese motociclista que se iba, debía de ser yo! Aunque la idea era fantástica e irreal, también era flagrante. No podía haber otra explicación. Rápidamente deseché la idea. ¿¡Acaso me estaba volviendo loco!? Sin dilación alguna me dispuse a acomodarme en la habitación. Aunque me resultaba ineluctable repensar en lo sucedido con los anfitriones del hotel decidí seguir como si nada. ¡Debe ser todo una gran confusión o una casual coincidencia! Abrí un poco la cortina porque la luz ambiente era muy tenue, guardé mi bolso y salí al hall central. Grande fue mi sorpresa cuando el conserje una vez más se dirigió a mí sin ningún rodeo:

_ ¡Justo estaba por pegar aquí en la vitrina de la recepción el calco que me obsequiaste ayer de tus viajes en moto! ¡Muchas gracias! -me dijo al tiempo que se esmeraba en ser prolijo en la labor de pegar la calcomanía con mi rostro y mi motocicleta.

¡Diantres! ¡Acabo de llegar recién! -me dije. Sin sofrenar mi cara de sorpresa e incredulidad y completamente atónito me dirigí al exterior exclamando que el de la moto indefectiblemente debía ser yo.

_ ¡Era yo! ¡El maldito era yo!.

Gonzalo Augusto Firpo / Email: gonxa02@gmail.com



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