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Vía http://www.laautenticadefensa.net - Edición del 11/mar/2018





Fernando Valdivia

Vivimos en un país donde más del 30% de la población se encuentra en condiciones de pobreza y algo más del 7% bajo la línea de indigencia (esto es, que no llega siquiera a completar la canasta básica de alimentos mensualmente fijada por las estadísticas del Indec). En ese mismo país, un 20% de las personas deciden ponerse a dieta sin que medie ninguna necesidad médica para realizarla, hecho que implica desembolsar, solo en la caja del supermercado, un 50% adicional al presupuesto alimentario básico de la "dieta promedio argentina". Es decir, 50% más solo en alimentos para hacer dieta. A esto habría que sumarle el costo de la visita al profesional interviniente, aproximadamente unos $600 mensuales para el pesaje, la alineación y el balanceo. En algunos casos, ese costo lo asumen las propias personas y en otros se logra tercerizar en sus obras sociales o medicinas prepagas. Da lo mismo. Es dinero malgastado que finalmente pagamos todos. Paradojas de un país extraño.

La mala alimentación en la pobreza

La alimentación en situaciones de carencia es un fenómeno ampliamente estudiado. Se sabe con clara evidencia que dista de ser eficaz y eficiente en términos alimentarios y del uso de su presupuesto. Como un contrasentido, la obesidad se observa con más alta prevalencia en los deciles más pobres de la población que come.

La base de esto radica en que estas personas ingieren altas cantidades de grasas, hidratos de carbono (esencialmente alimentos panificados) y azúcares (ya sea directamente o como parte de las fórmulas de produtos como las gaseosas y jugos de segundas y terceras marcas, como analizamos la semana pasada). Esto ciertamente es así, porque el poder de saciedad de estos alimentos es muy alto y casi inmediato. Tristemente, ese poder de saciedad cumple con la doble función de "tapar" el hambre del momento más el adicional de bajar las tensiones generadas por el estrés alimentario. Dicho de otro modo: comer ese tipo de alimentos "chatarra" genera un mecanismo fisiológico que ayuda a bajar el miedo a no tener qué comer.

La mala alimentación en personas con altos ingresos

A diferencia del grupo anterior, estas personas tienen mayor interés en llevar una alimentación saludable, que sea un aporte real a la mejora de su calidad de vida. Están interesados por tener más y mejor informados y, claramente, disponen de los recursos para poder alimentarse mejor.

Pero, también paradójicamente, no lo hacen. O peor aún, creen estar haciéndolo por el hecho de depositar sus decisiones alimentarias en manos de un tercero que se la planifica. Es decir, "se ponen a dieta" o bajo un delirante monitoreo nutricional.

Mala alimentación para todos y todas

En definitiva, tenemos un escenario en el cual, por razones diferentes, la gran mayoría de la población lleva adelante una mala alimentación, con devastadoras consecuencias para la salud (y para la salud del sistema de salud). Siguiendo datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 30 % de los cánceres, el 60% de las cardiopatías y la diabetes de tipo 2 podrían ser evitados con tan solo llevar una mejor alimentación.

Como esto no pasa, las personas se enferman y terminan ingresando al sistema de salud como pacientes, en muchos de los casos en estado grave y que ameritan tratamientos muy costosos.

A río revuelto...

Los grandes ganadores de este sinsentido alimentario son básicamente dos. En primer lugar, las empresas alimentarias, que siguen decidiendo qué productos tenemos que consumir. Y puesto que los alimentos de la generación anterior son los causantes de la situación actual, pues ya lanzaron una nueva generación de alimentos con mayor procesamiento aún, orientados a la nueva demanda. Los alimentos light y los alimentos funcionales, cada vez más parecidos a medicamentos.

En segundo lugar, son grandes ganadores la industria médica y la de medicamentos. Millones de consultas, estudios diagnósticos, análisis de laboratorios, tratamientos quirúrgicos y medicamentosos se comen, literalmente, los presupuestos de los sistemas de salud sin observarse mejoras en las estadísticas de salud.

Como si lo anterior fuera poco, estas industrias, en alianza con la propia industria de alimentos, se lanzaron a producir nutracéuticos. Medicamentos con función de alimento o alimentos con propiedades medicamentosas. Un nuevo negocio que ya mueve miles de millones de dólares y que sólo servirá empeorará el escenario sanitario y acrecentar la grieta alimentaria entre los que más tienen respecto de los que menos recursos poseen.

Dr. Fernando Valdivia / Email: fv@fernandovaldivia.com / Sitio Web: www.fernandovaldivia.com


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